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Los científicos, al igual que el resto de la población, también son (somos, si me permitís) unos ignorantes en lo que a ciencia se refiere. El hecho de conocer en profundidad un campo específico de la ciencia no implica automáticamente que un investigador sea un sabio en cultura científica. Robert Hazen y James Trefil preguntaron a un grupo de 24 físicos y geólogos la diferencia entre el ADN y el ARN. Sólo tres supieron responder, y ya no tanto por tener cultura científica, sino porque habían investigado en las áreas en que necesitaban estos conocimientos. Así que también necesitamos acceder a conocimientos vía la divulgación.
La revista New Scientist nació en Londres en 1956 cuando todo el mundo conocía la relación entre ciencia e industria e iba destinada a los empresarios. Contra todo pronóstico, no fueron los empresarios los que mostraron gran interés, sino los ci entíficos. Se transformó en una revista de gran difusión en el campo de la alta divulgación. Hoy tiene una tirada de más de 100.000 ejemplares por semana y medio millón de lectores.
Dicha revista hizo un autoanálisis y descubrió que el 80,9% de los lectores tenían algún título científico. ¿Por qué esta gente leía una revista de alta divulgación? La respuesta es que hoy día la ciencia está demasiado especializada. Por ejemplo, los físicos de partículas y los que se dedican al estado sólido tienen dificultad para entenderse entre ellos. Lo mismo sucede entre químicos orgánicos e inorgánicos. En 1990, en un simposio sobre Periodismo Científico en Barcelona, Michel Kenward afirmó que escribir biología para físicos requiere una traducción de bastante sofisticación y que si alguien era capaz de convertir un fragmento de biología molecular moderna en algo comprensible para un físico, había bastantes probabilidades de que un profano razonab lemente inteligente también lo entendería.
Pero hacer publicaciones también tiene sus problemas. Por ejemplo, el idioma. Para que una publicación salga en alguna de las revistas de primera fila los artículos deben estar escritos en inglés, y además correctamente, pues si los revisores no lo entienden, lo rechazan automáticamente. Es un requisito casi imprescindible. Tanto, que algunos editores recomiendan que antes de enviarse un artículo los revise alguien que tenga el inglés como lengua materna.
También hay otro tipo de discriminaciones. En el New England Journal of Medicine, un editor dejó ir la siguiente lindeza: "Los países más pobres tienen más cosas por las que preocuparse que no hacer investigación de calidad. Allí no existe la ciencia". En Investigación y Ciencia lo criticaron. Y, la verdad, es que es muy criticable, ¿verdad?
Estas discriminaciones también se han dado a la hora de conceder Premios Nobel. El de me dicina y fisiología de 1988 se concedió a 3 farmacéuticos norteamericanos cuyo trabajo les permitió la identificación del óxido nítrico como molécula que regulaba la presión sanguínea. Pero había otro científico: el hondureño Salvador Moncada. Tenía los mismos méritos, si no más, que los anteriores. Recibió el Príncipe de Asturias de 1990, pero el Nobel se le quitó evidentemente por razones muy poco científicas. Hay quien dice, incluso, que merecía dos Premios Nobel y no uno.
También aquí cabría hablar de quiénes firman un artículo. Existen artículos cuyo número de firmas es superior al número de páginas del mismo. También existe un científico cuya firma seguía apareciendo en diferentes artículos aun después de muerto. Hay personas que firman artículos y han participado poco o nada en ellos, pero les ha servido para potenciar un currículum o dar prestigio a un equipo.
El silencio de las revistas puede dar, a veces, un indicio que algo político gordo sucede. En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, el físico soviético Georgy Flyorov escribió una carta a Stalin para informarle de lo que consideraba un hecho sorprendente. Este científico tenía mucho tiempo libre y lo mataba leyendo revistas científicas de la Universidad de Verónezh. Observó que las publicaciones inglesas y norteamericanas habían dejado de hablar de la fisión nuclear. Ello sólo podía indicar que tenían algún proyecto en marcha. Stalin, que seguramente ya estaba informado por otras fuentes, movilizó a sus espías científicos y a finales de aquel mismo año creó un laboratorio de física nuclear. Cuando Churchill y Truman le informaron sobre la existencia de una nueva bomba en 1945 , el dictador ruso sabía perfectamente de lo que hablaban. Pero se hizo el sorprendido.
Otra cuestión es: en el momento en que llega un artículo a la redacción de una revista de alta divulgación científica, ¿quién decide si debe publicarse o no? ¿cuáles son los criterios de selección?
Nature, por ejemplo, basa su prestigio en la exigencia de calidad. Su fundador fue Thomas Henry Huxley el 4 de noviembre de 1869. La presencia fundamental de cartas al editor pronto fue aprovechada para establecer un canal de intercambio de experiencias científicas. Hoy día publican unos 55.000 ejemplares con unos 200 artículos semanales procedentes de laboratorios y universidades de todo el mundo. Es una revista, realmente, muy importante. Para que os hagáis una idea: es en la que James Watson y Francis Crick anunciaron la estructura del ADN.
Los artículos son valorados por el director y una quincena de redactores (fundamentalmente biólogos y físicos) que hacen una primera selección de los mismos. Uno de cada dos artículos se devuelve por falta de interés, porque es demasiado largo o porque está mal escrito. El resto se envía a un par de especialistas en cada campo pa ra que valoren la idoneidad y novedad de las ideas que se exponen. Sólo uno de cada diez se acaba publicando.
El problema es que, a veces, todo este juicio es subjetivo y cabe plantearse si puede considerarse censura. John Maddox, quien fue su director durante 23 años (y que murió hace poco) , defendía este derecho de censura dándonos el ejemplo de no publicar un artículo de Peter Duesberg donde se afirmaba que la causa del SIDA no era el VIH, sino el consumo de drogas. Lo consideró irresponsable, pues perturbaba el esfuerzo por detener la propagación del virus y falto de pruebas.
Pero cuidado, que no siempre que se rechaza un artículo se acierta de igual manera. Por ejemplo, en su momento, Nature rechazó un artículo de Fermi sobre la desintegración beta diciendo que era muy especializado; en 1937 lo hizo con una carta en la que Hans Krebs describía el ciclo del ácido cítrico que hoy lleva su nombre y que le valió el Premio Nobel de 1953. También rechazó el artículo en el que Victor Erspamer demostraba la presencia de diaminoácidos en algunos opiáceos. Y por si fuera poco, hay que decir además que se han publicado artículos de universidades de gran prestigio que luego se ha descubierto que eran fraudes.
Otra famosa revista de divulgación es Science, fundada el año 1880 de la mano de Thomas Alva Edison. En este caso, el comité se compone por unas cuarenta personas que revisa todos los artículos y les da una puntuación en una escala del 0 al 10. Los que reciben 8, 9 o 10 se envían a dos especialistas en la materia independientes de la revista, quienes lo evalúan. Si no se ponen de acuerdo se envía a un tercer especialista. El director tiene la última palabra. Pero este método tampoco es la panacea. Por ejemplo, se rechazó un artículo de Rosalyn Yalow y Roger Guillemin en el que explicaban el descubrimiento de las endorfinas. ¿La razón? que la idea era "fruto de una fantasía enf ermiza". Pues bien, por este descubrimiento se llevaron el Premio Nobel de 1977.
En 1982, Douglas P. Peters y Stephen J. Ceci, dos sociólogos, tomaron doce artículos escritos por importantes psicólogos ya publicados en revistas autorizadas. Los volvieron a pasar a máquina y los enviaron como si fueran nuevos cambiando el nombre del autor por desconocidos miembros de algunas universidades. Los referees consultados fueron un total de 38. Sólo se dieron cuenta de que eran una copia en tres artículos y, de los restantes, ocho no se consideraron dignos de publicación por sus "graves errores metodológicos". Curiosamente, nadie se había dado cuenta cuando iban avaladas por firmas de prestigio.
David F. Horrobin fue profesor de fisiología de la Universidad de Newcastle upon Tyne hasta 1981. Aquel año tuvo que soportar varias reacciones hostiles contra uno de sus descubrimientos, así que abandonó su puesto y fundó su propio laboratorio farmacé utico: el Scotia Pharmaceuticals. A su vez, creó una revista abierta a los no expertos llamada Medical Hypoteses. La filosofía de dicha publicación nos la explica él mismo: Me declaro de entrada reo confeso de acoger ideas muy improbables e incluso ingenuamente ridículas (…) Cuando una hipótesis que la mayoría considera muy probable llega a verificarse el progreso científico resultante es mínimo y apenas tiene importancia. Por el contrario, cuando demuestra su veracidad una hipótesis que la mayoría considera improbable se produce una revolución científica y se acelera el proceso (…) La historia de la ciencia ha demostrado una y otra vez la imposibilidad de distinguir de antemano cuándo una hipótesis es revolucionaria y cuándo es sencillamente ridícula. Así que empezó a publicar los artículos que le enviaban sin importar si los autores habían realizado o no actividades de investigación experimental en el sector e independientemente de su reputació n o la de la institución a la que pertenecen.
La pregunta es si realmente a esta revista llegan artículos que puedan ser interesantes. Pues bien, en 1990, el propio Horrobin publicó en el Journal of the American Association el balance de los artículos más interesantes que luego se convirtieron en descubrimientos confirmados y fructíferos. El más sonado fue un misterio biológico que descubrió una campesina neozelandesa llamada Gladys Reid que tenía una formación elemental en biología. Había estudiado el eccema facial de las ovejas que acarreaba muchos perjuicios a la cría de ovinos de su país. Observando atentamente la alimentación de los animales, planteó la hipótesis de que la causa del eccema estaba en una deficiencia de cinc en su dieta. Partiendo de esta premisa, hizo una serie de experimentos con los que verificó la validez de su hipótesis. Realmente, la deficiencia de cinc en la dieta favorecía el desarrollo de un hongo de la piel que a s u vez causaba la infección.
En aquel momento varios científicos de organismos públicos que investigaban lo mismo por cuenta del Estado neozelandés y no habían llegado a conclusión alguna. Cuando la señora Reid quiso publicar un resumen de sus descubrimientos en las revistas del sector no sólo recibió una respuesta negativa, sino que tuvo que soportar una campaña de descrédito por los científicos "competentes". Pero cuando lo publicó en el Medical Hypotheses, el artículo suscitó un enorme interés y estimuló la realización de experimentos independientes que confirmaron su hipótesis. El Ministro de Agricultura neozelandés no tuvo más remedio que concederle una condecoración y un premio por los servicios prestados.
Conclusión: el no es oro todo lo que reluce también se aplica a las famosas publicaciones científicas.
Fuentes: "Els silencis de la ciència", Santiago Ramentol "El genio incomprendido", Fede rico di Trocchio
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